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Crónica de un procrastinador

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Escrito por Guacamole Magazine

La mañana de ese miércoles la alarma sonó a la misma hora de siempre, seis de la mañana en punto. Como era la costumbre,  decidió que no era momento de levantarse, precisamente acababa de tomar la posición más cómoda dentro de la cama, y esperar 10 minutos más  nunca le había hecho daño a nadie, era la misma frase que cada mañana se repetía.

 Así que reprogramó el despertador para que sonara diez minutos más tarde. No volvió a conciliar el sueño, simplemente sabía que tenía tiempo de sobra, si se levantaba a las seis con diez minutos,  tardaba 15 minutos en arreglarse y si corría con suerte de que no le tocará tránsito, llegaría cinco minutos antes al trabajo. El plan no podía ser mejor.

El tiempo pasó tan lento que cuando se percató, los diez minutos se convirtieron en 20, el arreglarse le llevó media hora y al parecer esa mañana a todo el mundo se le había hecho tarde o era que simplemente los semáforos se habían puesto en su contra y se ponían en color rojo a propósito, eso era algo de lo que se había percatado, siempre que llevaba el tiempo encima, los semáforos se olvidaban de cambiar a verde.

Y así, una vez más llegó tarde, en el camino aprovechó para inventar la coartada perfecta. Al mentir, sabía bien que debía ser él mismo quien se creyera la historia que estaba a punto de contar.

-La llanta de mi carro se ponchó- fue lo primero que dijo a su jefe cuando éste le llamó a su oficina por sus constantes retardos. A esas alturas del partido, el jefe aún no había olvidado que en el último mes, las llantas ponchadas eran el tema recurrente.

Y así, con un poco de estrés dio inicio a sus actividades del día, revisar la lista de pendientes que  llevaban un mes sin ser completadas y es que tenía la costumbre de iniciar muchas cosas sin terminar nada, creía que el tiempo nunca le alcanzaba, se preguntaba constantemente cómo era que sus compañeros podían hacer las cosas más rápido.

Tan absorto en sus pensamientos se encontraba, que era el momento adecuado para ir por un café, el exceso de pendientes sin terminar, llegaba a ser abrumador y nada como una taza de café y un buen cigarro para despejar la mente.

De vuelta a su escritorio, hizo un par de llamadas, respondió algunos correos y se dispuso a visitar al compañero de a un lado, el jefe había salido y el trabajo podía esperar, de todas formas, el trabajo nunca terminaba, se justificaba continuamente.

En la oficina de su compañero, se enteró de algo que lo consternó, el empleado más nuevo, que sólo llevaba seis meses, había logrado un ascenso, cuando lo supo, no puedo evitar sentir cierto recelo, él llevaba cuatro años en el mismo puesto y nunca se le había ofrecido siquiera una oportunidad como esa.

La jornada terminó, más no sus trabajos pendientes, los cuales aumentaron considerablemente.

En casa, las cosas no eran muy distintas, en el patio el pasto había rebasado su límite, el cesto de la ropa cada día estaba más llena y la cocina no era el lugar más adecuado en esos momentos. Pero el trabajo era muy agotador como para encima llegar a casa y ponerse a trabajar. Constantemente circulaba por su mente la necesidad de contratar a alguien para que le ayudará en la limpieza, pero como en muchos casos, lo dejaba para después y cuando recordaba que debía contratar a alguien ya estaba entrada la tarde.

Esa noche, sin embargo, su mente se encontró inquieta por saber que alguien con menos tiempo y experiencia, estaba logrando cosas que por antigüedad a él le correspondían, le dio muchas vueltas al tema intentando buscar una solución y como buen procrastinador, decidió que el siguiente lunes comenzaría a ser alguien nuevo y mejorado.

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